El “Baúl” de Virginia Gámez

En una grabación en directo del cantaor Antonio Núñez “Chocolate” decía al público: “El cante pasa, no es un cuadro que se pinta y se pueda contemplar en cualquier momento. Hay que escucharlo”. Esa frase se me vino a la cabeza ayer viendo el espectáculo que dio la malagueña Virginia Gámez, porque había que vivirlo, aunque intente con estas letras expresar lo que pasó ayer.
Un Teatro Cervantes abarrotado daba la bienvenida a una Virgina que aparecía en el escenario pletórica con un elegante vestido negro de transparencias y brillantes. La artista comenzó su actuación con una sentida ovación a su ciudad natal, Málaga, con la que vibró y con la que se metió al público en el bolsillo desde el primer momento. Después llegaron otros temas entre los que incluyó piezas de su disco “Soñé”, acompañada de su guitarrista Andrés Cansino, Juan Soto al bajo, Eloy Heredia a la guitarra, Javier Tapia al piano y José Ángel Molinero a la percusión. Incluso el tema “Mediterráneo” de Joan Manuel Serrat interpretó. Como ella dijo, iría sacando del Baúl sus canciones, sus recuerdos.
Fue en ese momento cuando invitó a subir al escenario a su amigo Javier Jerez, con quien interpretó “Música de mi locura”, que cantara en su disco junto a Maite Martín.
El momento flamenco llegó en la segunda parte. Se había escapado entre bambalinas, dejando a su Andrés Cansino tocando un solo de guitarra mientras se cambió para aparecer con una falda larga ceñida estampada de colores alegres, camisa negra de generoso escote y sombrero cordobés. Se adivinaba su avanzado estado de gestación.
Se atrevió a recitar con arte esa “Glosa a la soleá” que interpretara y popularizara Pepe Pinto, que tanto respeto impone y con la que pocos se atreven. Con la vidalita “Puerta entorná” puso la artista su sello personal.
Sabida por sus seguidores y amistades es la relación tan estrecha que la une a La Lupi y a su Curro de María, al que le tiene incluso unos fandangos dedicados. A ellos los invitó a subir al escenario y, junto con otro de los guitarristas de su vida, Andrés Cansino, que la acompañó en todo el espectáculo y con quien grabara su disco, la liaron por alegrías. Mientras Virginia entonaba:

Plaza de la Malagueta
La del amarillo albero
La que huele a moscatel
Y a capote de torero.

Salió La Lupi… ¡Ojú con la Lupi! ¡Qué arte, señores! ¿Quién pasea una bata de cola como ella con esa fuerza, ese compás, esa dulzura, ese paladar? Una bata beige con toques rojos y un mantón a juego cuajado de bordados que hizo bailar a un compás que deleitó y emocionó a todos los presentes, que no le quitamos ojo ni un segundo de su actuación. Impresionante.
Antonio Cortés apareció en la tercera parte, la dedicada a la copla. Era otro invitado de honor, que dijo de Virginia “ser su maestra”. Juntos interpretaron “Y sin embargo te quiero”, una joya musical que nos dejaran Quintero, León y Quiroga. Para entonces, la cantante lucía un vestido verde oscuro con remates arabescos dorados. Pegada al piano, no dejó de cantar clásicos de la copla española que encendieron aún más al público.
Para terminar, se acercó al respetable no sin antes anunciar, embargada por la emoción, la llegada de un ser que está en su interior. Su Manuel. El teatro entero la ovacionó y la que escribe estas letras no pudo reprimir las lágrimas.
¡Enhorabuena, artista!

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Flamenco al Aula en el CEIP León Motta

Cuelgo la reseña que he escrito para el periódico local a petición del colegio. Otra vez más me alegro de llevar el flamenco por bandera al alumnado. No es que sea el camino para cultivar grandes aficionados (aunque nunca se sabe) sino que se trata la cultura andaluza y, en concreto, nuestro arte flamenco.
Gracias al colegio por aceptar la propuesta y gracias a Luís Perdiguero por colaborar de manera desinteresada.

El martes día 22 de noviembre se ha celebrado en el CEIP León Motta de Antequera la primera edición del “Flamenco al aula”, una actividad que pretende dar a conocer y difundir el flamenco en el alumnado de quinto y sexto de educación primaria.
La afición del alumno Antonio Jesús Terrones, socio de honor de la peña flamenca de Antequera, y la amistad tan estrecha que tiene con el cantaor Luís Perdiguero, que ha acudido de manera totalmente desinteresada, unido al interés de la orientadora y del equipo directivo de poner en marcha una actividad que una flamenco con educación, han hecho posible que podamos disfrutar de algo diferente e interesante: conocer el flamenco, para lo que se ha elaborado material didáctico que ha sido trabajado en clases durante los últimos días.
Luís Perdiguero es un cantaor con una trayectoria importante y con una proyección aún mayor. Está trabajando en su tercer disco y la peña flamenca de Antequera lleva su nombre. Descendiente de una de las dinastías más importantes del flamenco estudia el flamenco en su raíz y pasea nuestro arte por todo el mundo. María Donaire, orientadora de referencia, es aficionada al flamenco y ha sido presidenta de la peña flamenca de Alhaurín de la Torre. Desde hace años viene desarrollando actividades encaminadas a dar a conocer el flamenco en el alumnado.
A las diez y media de la mañana en el salón de usos múltiples del colegio, presentados por la directora Mari Ángeles Reina, la orientadora y el cantaor Luís Perdiguero han ido desgranando algunos entresijos de nuestro arte más universal: dónde y cuándo nació, cómo se organiza en palos, reconocimientos que tiene, artistas flamencos más señeros, importancia de las peñas flamencas para su difusión y conservación así como algunas anécdotas. Hay que decir que durante el acto el alumnado se mostró muy atento y participativo, algo que ha ayudado a que todo sea más ameno, divertivo y productivo, ya que han formulado preguntas al cantaor, que ha cantado fandangos, tangos, bulerías y hasta un martinete a capella.
Los cursos de quinto y sexto llevaban estudiando desde hacía varias semanas el fandango de Alosno, guiados por la maestra Loli Espinosa, y, como broche final, lo han cantado a coro junto a Luís y a María.
Al final del acto, la directora ha entregado un diploma conmemorativo así como un pin del colegio al cantaor y a la orientadora, que han agradecido de corazón. Esperemos que sea la primera de muchas otras ediciones.

Nuevo libro en la biblioteca

Mi novela no para de darme alegrías… Y las que quedan por llegar. Hace unos días la Biblioteca Municipal de Alhaurín de la Torre me hizo una compra de cuarenta ejemplares, que distribuirá por las distintas bibliotecas del municipio: colegios, institutos e instituciones y, por supuesto, se podrán encontrar en la Biblioteca Municipal.

El orgullo que siento es inmenso. Pocas cosas pueden acercarse a la alegría que me reporta saber que la historia de mis antepasados será guardada por siempre en el lugar de culto que almacena conocimiento, historias y saberes como es la biblioteca.

La podéis sacar de cualquier biblioteca de las que hay en Alhaurín o, si preferís tenerla en vuestra colección personal, sólo tenéis que poneros en contacto conmigo a través de un mensaje privado por este medio.

¡Un abrazo, lectores/as!

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Colocando mi novela en las estanterías de la Biblioteca Municipal de Alhaurín de la Torre.

Presentación del libro “Mensajero de los Vientos. Una historia del café”

El pasado lunes día cinco será un día que difícilmente olvidaré. Ni en mis mejores sueños lo hubiera imaginado pero la realidad fue que todo acompañó para que sintiera que estaba dando el mensaje adecuado y me estaban entendiendo. Y lo digo porque la emoción flotó en el ambiente y emocionar no es precisamente fácil.
Familiares, amigos, vecinos… se acercaron a la Finca El Portón para acompañarme y conocer más de cerca el libro en el que he invertido los últimos tres años de mi vida.
Aún no sé muy bien cómo surgió la idea de transmitir la historia de la emigración de la que fueron protagonistas mis tatarabuelos. Tampoco sé cómo me metí en la voragine de investigación en buscadores, registros, museos, archivos, diócesis, ayuntamientos además de la lectura de jornales de la época para acabar sumergiéndome de la cultura escuchando música brasileña, leyendo en portugués, haciendo recetas gastronómicas como feijoada, mandioca y también, por qué no decirlo, caipirinhas varias.
Sorprendentemente, una madrugada a eso de las cuatro de la mañana encontré el libro de embarque en el vapor Bourgogne con fecha de 26 de julio de 1893 en el Puerto de Málaga en la que aparecían los nombres de mis tatarabuelos y sus hijas. Analizando detenidamente los datos comprobé que mi bisabuela Paca, con ocho años, embarcó, lo que significaba que había estado en Brasil y que había cogido café. No pude evitar la emoción de ver cómo 120 años después el paso de mis antepasados había quedado reflejado en un papel y que ya nunca más sería un episodio olvidado. Debía escribirlo, darlo a conocer.
Al día siguiente, siguiendo las pesquisas pude encontrar el documento de entrada en el Puerto de Santos (Brasil) con fecha de 6 de septiembre. Otro subidón emocional más. Era increíble que pudiera encontrar una aguja en un pajar yo, sin haber estudiado Historia ni Archivística ni nada por el estilo. Con respecto a éste tema creo que alguien o algo me ayudó a conseguir esa información, que me la proporcionó de alguna manera para ayudarme a conocer la verdad de ésta historia y que se supiera.
Ha sido tan emocionante descubrir cada documento, encajar cada pieza del rompecabezas en el tiempo, poder ordenar una historia y conocer a sus protagonistas que son mis antepasados que bien puedo decir que he disfrutado mucho con ésta aventura nueva: la de la escritura.
Comprobar cómo aún, en la memoria de los descendientes, se guardan recuerdos de las personalidades y de las vidas de éstas personas no ha sido menos emocionante.
La búsqueda de editorial fue muy cortita. Lo tenía claro porque un amigo mío había publicado anteriormente con ellos y le había ido bien. No necesitaba invertir el poco tiempo que tengo en continuar otra búsqueda que bien podía eternizarse.
Un documento en formato Word de unas quinientas páginas, maquetadas por la editorial se traducían en demasiadas para autopublicar. Así pues, tuve que meter la tijera y recortar hasta que la obra quedara en 344.
El mes de agosto lo he invertido en varias cosas, principalmente en repasar las maquetas que la editorial Círculo Rojo me mandaba con la rapidez de un rayo, estar pendiente de que mi hermano Antonio me hiciera la imagen de portada, Juan José Mestanza los árboles genealógicos y Manuel López el prólogo. Ha sido bastante movidito el verano y todo para que el día cinco estuviera todo perfecto.
Quedaba el toque final. Comunicarlo al Área de Cultura del Ayuntamiento de Alhaurín de la Torre, ambientar el templete del Portón de la época y darme el gusto de servir un café a los asistentes. Para ello me puse en contacto con Cafés Santa Cristina, el café de Málaga, y les hablé de la temática del libro y de la presentación. Desde el primer momento me dijeron que contara con ello y que colaborarían de forma altruista.
Parecía que todo rodaba perfectamente. Se habían alineado los astros. Les pedí si tenían algunos sacos de café para ambientar el templete y me dijeron que sí, que me los dejarían aunque el café ya viene en containers nada románticos.
Conforme comenzaron a llegar personas a la presentación me emocionaba por momentos. Acostumbrada a hablar al público, ésta ocasión iba a ser diferente y por eso tragaba saliva con mayor frecuencia. Tras recibir la exposición del vídeo tuve que beberme un botellín del nudo que tenía en la garganta. Pensaba en ellos, en cómo se embarcaron en tamaña aventura y me enorgullecía de ser descendiente de unos valientes como ellos además de poder dar a conocer ese capítulo olvidado, que había pasado sin pena ni gloria. Ahora que soy madre no puedo dejar de imaginar cómo debería verse una madre de desesperada para embarcar con toda su familia, incluyendo al más pequeño de tan sólo un año. Muy desesperados debían estar.

A vosotros, que aunque no os haya conocido personalmente os he conocido en el transcurso de éstos años a través de escritos y de recuerdos…

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Mensajero de los Vientos. Una historia del café

PRESENTACION

Ésta es una entrada especial. Os dejo la sinopsis de la novela histórica en la que he estado trabajando durante los últimos tres años: Mensajero de los Vientos. Una historia del café.

En 1891, una de tantas familias andaluzas castigadas por el hambre y la necesidad lucha por sobrevivir en el malagueño pueblo de Alhaurín de la Torre. Los progenitores se esfuerzan por llenar los estómagos de su prole realizando las labores que van saliendo: él echando jornales en la siega y la recogida del tabaco, ella encalando casas y lavando ropa en los arroyos, además del gobierno de la casa.
La voz de un pregonero dibujó un nuevo horizonte. Hablaba de Brasil como un país de oportunidades que ofrecía trabajo a las familias pagando pasaje, estancia y comida hasta llegar al destino para recoger un producto de moda: el café.
Embarcados en la esperanza del progreso, atraviesan el Atlántico hasta llegar al puerto de Santos y de allí viajarán a Sao Paulo, donde serán contratados para ir a trabajar a la Façenda Grande, en Pedreira, en el sudeste paulista.
Allí se enfrentarán a una realidad nunca imaginada.

Os dejo también una invitación para la presentación de la misma. En breve iré comentando detalles de la novela y de la presentación.

Timba en el bar de José Roca

jugadores3Rufino tenía ganas de hacer dinero rápido. Partía su lomo, como todo el mundo, recogiendo sacos de harina en el molino y acarreando las sacas de trigo de los campesinos hasta la noria para la molienda y luego había que cernirlo. Como todos los jugadores, esperaba un golpe de suerte. Su golpe de suerte.
Estaba convencido de que esa noche iba a ganar un buen pellizco. No tenía nada que perder. El aguardiente se le subió a la cabeza y no paraba de pedir al posadero:

– Otra copa. ¡Otra copa, Sebastián!-gritó la euforia que le provocaban las primeras copas- ¡Que no la vea vacía!

El posadero estaba medianamente acostumbrado a ese tipo de noches en las que el ánimo y la ilusión por hacer dinero fácil podía tornar en cuestión de segundos el juego en tragedia. Llevaba unas semanas que se estaba pensando si seguir prestando su posada como punto de encuentro y celebración de esas jugadas. Al final accedió.

– Sí, Rufino. No te faltará pero me las tienes que pagar- dijo el posadero viendo que el jugador estaba cada vez más envalentonado con el juego y no reparaba en la cantidad de copas que estaba tomando.
– ¿Yo te debo algo?.- dijo valientemente el forastero- Yo nunca te he debido ná, así que lléname a mí y al resto, que los convido yo.
– Tú tienes una cuenta aquí pendiente, amigo. Sería cuestión de saldarla cuanto antes, que yo no doy fiao a naide.- dijo el posadero al ver que había cobrado una buena suma en el juego, momento que brilló como la gran oportunidad.- Ahora que has cobrao estaría bien que me pagaras.
– Toma y cóbrate, hombre -dijo el hombre arrojando un puñado de billetes al suelo.

Con esa actitud la reunión se tornó violenta casi, adquiriendo un rumbo que en nada agradaba a los presentes. Rufino se estaba haciendo con las apuestas de varios hombres que había allí y que se desprendían, sin dudarlo, de pertenencias personales y lujosas joyas.
Rufino, el forastero, decidió resolver la noche poniendo pies en polvorosa y quitarse del medio, aún tambaleándose anunció su retirada. Lo que no pensaba, el inocente, es que nunca dejarían escapar a un borracho con dinero. Ahora que había ganado tanto no lo iban a dejar escapar así como así. Tendría que jugar hasta perder.
El forastero estaba ya satisfecho y comenzó a llenarse los bolsillos con billetes arrugados que, a puñados, guardaba con toda la avidez que le dejaba el alcohol que corría por sus venas. Se puso en el dedo el sello de oro e iba a coger su sombrero para irse.
Los demás estaban bien pendientes de lo que pasaba cuando, de la esquina de la barra apareció un hombre de unos cincuenta años de pelo cano y ojos azules como el mar, cejas pobladas, barba cana a medio rasurar y mirada penetrante. Era un hombre de Torremolinos que venía al pueblo cuando se enteraba que se jugaba alguna partida. Había estado observando los movimientos del forastero durante toda la noche y ahora se acercó al grupo. Era un lobo de mar, un zorro viejo.

– Ahora vamos a jugar tú y yo.- dijo Aurelio, que así se llamaba, al forastero- Venga, siéntate ahí.- Su gesto imponía al igual que su voz rota y ronca.
– Yo ya no voy a jugar más. La partida ya ha terminado- dijo el flamante ganador que para entonces se había metido en los bolsillos varios anillos de oro, un reloj de oro y puñados de billetes.
– Tú todavía no has empezao, amigo.- dijo el hombre acomodándose tranquilamente en una silla de anea que colocó al contrario, poniendo sus piernas a horcajadas. Empezó a barajar las cartas.

El forastero que tan valiente se había mostrado, estaba dispuesto a irse. Ya se había colocado su sombrero y se había puesto el abrigo mientras los demás miraban atónitos la escena. Nadie se atrevía a desafiar a Aurelio el de Torremolinos. Lo intentaron persuadir, pero el hombre no se dejaba. Ya había pagado las copas y echó paso al frente para salir de la posada. Estaba bien entrada la madrugada y no se escuchaba ni un alma en la noche cerrada.

– Te he dicho que te sientes ¿O es que no me has escuchado?- gritó el marinero de Torremolinos sin levantar la mirada de la mesa en la que iba a jugar su partida. Ya había parado de barajar las cartas en las que aparecía el nombre de Heraclito Fournier por el reverso.- Corta por la mitad- le dijo a su contrincante que había adquirido un semblante más que serio, temeroso.

El forastero percibió claramente el reto en el que ya estaba metido. Se acercó a la mesa y cortó la baraja por la parte que le pareció. Había entendido el mensaje que el resto de curiosos le habían transmitido: había que respetar al viejo lobo de mar, pero por otra parte pensó que aquella noche le había sonreido la suerte ¿por qué no iba a seguir haciéndolo?
Se enfrascaron en una ardua jugada en la que no se dijeron apenas palabras. El posadero siguió llenando la copa del forastero, al que los nervios comenzaron pronto a traiciona sin parar de empinar la copa de vino moscatel. El lobo de mar, por el contrario, no tomó ni una gota de alcohol.
Ya bien entrada la madrugada, el forastero había perdido cuanto tenía. Iba a salir del local con menos dinero del que tenía cuando puso un pie allí. Estaba totalmente borracho y la rabia de haberlo tenido todo y de haberlo perdido todo lo enervaron de manera que decidió apostar lo que no era suyo.

– Me juego mi casa.- dijo en un arrebato para continuar el juego.
– ¡Hecho!- exclamó Aurelio el de Torremolinos con un apretón de manos al borrachín.
– Y… y ahora me voy a jugar a mi mujer.- concluyó en una pérdida de vergüenza y lucidez que asombró a todos y que provocó un murmullo general ¿cómo podía ser tan indigno y asqueroso?
– ¿Tú eres capaz de jugarte a tu mujer? ¿No te importa pensar que otro tío se la folla?- le preguntó el viejo de los ojos azules con mirada repugnante y de un azul intenso.
– Tú te la follas, ¡Pero esta partida la gano yo!- dijo tambaleante el forastero al que ya habían dejado de arrimar copas y miraban con desprecio. Una cosa era un juego y otra lo que estaba haciendo aquel hombre.
– Te voy a decir una cosa: tú no eres capaz ni de ganar la partida ni de follarte a tu mujer- dijo el lobo de mar al insulso y cretino jugador Rufino.- Tú eres un mierda que no tienes vergüenza. ¿A tu mujer te vas a jugar? ¿A la madre de tus hijos?- dijo acabando la frase cuando ya se había levantado y lo estaba cogiendo del cuello.

Homo Parasitus

ParásitoRespirar podemos hacerlo todos pero, en cuestión de supervivencia, hay que desarrollar una serie de estrategias para triunfar o, al menos, para sobrevivir. Cada uno se busca con el paso de los años su lugar en la sociedad. Hay quienes estudian, quienes trabajan, quienes no hacen nada, quienes despilfarran, quienes ayudan a los demás y, por supuesto, están los que parasitan.
Sabiendo que el parásito es aquel individuo que se adhiere o agarra a otro ser vivo y se nutre de él, en ocasiones, hasta provocarle la muerte, hay personas que han llegado a desarrollar, de manera anómala y patológica, este modo de vida: el de parásito, independientemente de cómo se lo monte a nivel social dígase apariencias.
Es el caso del inquilino moroso. Según la ley que regula los alquileres en España, al inquilino hay que respetarle y parece que tiene más derechos que quien alquila, que tiene que correr con los gastos de la vivienda en el caso de que sea un moroso. La desprotección es mayúscula para el arrendatario/a mientras que el parásito puede nutrirse de su víctima, casi, hasta que quiera.
El sufrimiento que causa en el huésped es brutal. Coincide que el huésped tiene que pagar la hipoteca y mantener al corriente los gastos de mantenimiento como el agua y la luz, además de velar porque el inmueble se quede, como mínimo, en las mismas condiciones en las que estaba cuando se alquiló. Esto no puede llegar a entenderlo el parásito porque no sabe lo que es tener una vivienda, pagar los impuestos debidamente, pagar la hipoteca, responder a las facturas que mensualmente se van acumulando ni tampoco el valor que tiene el inmueble con todas las pertenencias, que bastante trabajo han costado comprar para que las disfrute durante su estancia parásita.
A todo esto hay que añadir la chulería con la que el parásito responde a las llamadas de atención cuando el huésped le reclama que haga algo por su vida y deje de parasitar, pues bastante grande es la carga que llevamos cada uno como para asumir la suya, la del moroso, la del parásito.
Llegados al punto en que se descubre, el parásito intenta disimular, alargar cuanto pueda el tiempo mientras, de manera proporcional, aumenta la deuda, la trampa, vamos.
Y cuando el parásito observa que el huésped se ha dado cuenta de su existencia, comienza su estrategia de resistencia. Sabe que es cuestión de tiempo. De nuevo lo han descubierto y tan sólo piensa en cómo resistir aunque sea unas semanas más, unos meses más a costa del otro. Es una tarea en la que invierte dedicación pues los argumentos que esgrime para dar credibilidad a su patética situación son de lo más variopintos: tengo bastante trabajo pero no me pagan, la gente en vacaciones no tiene costumbre de pagar, en agosto no se cobra, estoy pendiente de cobrar unos pagos, estoy agobiado pero te pago en breve… Argumentos que no sólo no son válidos sino que, a medida que pasa el tiempo, se vuelven en su contra. Ya está descubierto el parásito. Ahora la lucha es del huésped que se centra en quitárselo de encima como sea, antes de que le haga más daño, antes de que acumule más facturas impagadas.
Efectivamente, el parásito se resiste todo cuanto puede. De maneras insospechadas e inverosímiles pero se rebela ante la realidad que nuevamente le azota. ¡Otra vez lo han pillado! Está acostumbrado a ello, no es la primera vez que lo descubren y sabe que, en cuanto se vea de patitas en la calle, tendrá que buscar un nuevo huésped para sobrevivir ya que no es capaz de enfrentar el día a día por sí sólo. Sabe que va a cambiar de vida y que, una vez abandonado el hogar confortable que le ofrecían, tendrá que agudizar sus sentidos para buscar otra víctima. ¡No puede vivir por sí sólo y debe echar mano del engaño! Y para eso ha desarrollado otra estrategia: dar buenas apariencias y tener un trato “educado”, aparentar que trabaja y tener una buena imagen de cara al público que nada tiene que ver con la realidad. ¡Patético!
Al principio es una liberación para el huésped ¡Ya se ha dejado de parasitarme! Es lo primero que se piensa para luego pasar a rumiar una y otra vez cuánto se ha aprovechado, las facturas que ha de pagar del que ha vivido a su costa así como comprobar los desperfectos que ha provocado intencionadamente en la vivienda. La rabia y la indignación se apoderan, por momentos, del recién aliviado huésped. Pero, pasado cierto tiempo, viendo el discurrir del parásito, el sentimiento cambia hacia el extremo opuesto. Es curioso ver cómo se puede llegar a ese cambio aunque, en cierta forma, es normal cuando se lleva una vida normal. Y es que el sentimiento que ahora, una vez se ha pasado por los daños ocasionados, el huésped piensa en la penosa existencia que le ha tocado vivir al parásito. ¿Cómo ha llegado hasta ahí? ¿No ha encontrado una manera mejor de sobrevivir? ¿Cómo afrontar una vida de engaños? ¿Y tener que huir continuamente de un lado para otro sin echar raíces? No tiene casa y, lo peor de todo, no la podrá tener ¿Acaso no es esa suficiente pena? ¿Acaso no es una pena buscar felicidad causando daño en la casa ajena que tanto tiempo te ha mantenido simplemente por hacer daño a tu huésped en un ataque de rabia por haber sido descubierto y ver tu fin tan cerca? Sí, al final, el parásito da pena pues tiene una penosa existencia que a ninguno nos gustaría vivir. Se ha especializado en parasitar y ya no podrá salir de ahí porque se ha acostumbrado a esa “vida”.
Estate alerta, nunca se sabe cuándo te puedes caer en las garras de un “homo parasitus”.