Los restauradores de libros

Las almas enamoradasEra temprano cuando llegó el cartero. Como cada mañana, Ana María se encontraba realizando las labores domésticas. Estaba en la cocina cuando lo divisó subiendo la ladera y encaminándose hasta llegar al rellano de la casa. La llegada del correo era siempre bienvenida pues aquello suponía noticias de la ciudad, del pueblo o de algún familiar emigrante. O también podía ser la última entrega del libro que Ana María compraba por fascículos. Fuera como fuese lo cierto es que la visita del cartero siempre conseguía despertar expectación.

Era una mañana soleada de 1919. Ana María salió al encuentro del cartero y comprobó que lo que llegaba era lo que esperaba con tantas ganas: un nuevo fascículo del libro que compraba por entregas “Las almas enamoradas”. En aquel tiempo un libro era casi un artículo de lujo pues suponía un coste económico que no todas las familias podían soportar así que, en vez de comprarlo de una vez, era común la entrega de fascículos mensuales, como era el caso.

Saludó al cartero mientras recogía su entrega, le ofreció agua fresca y lo despidió con rapidez no sin antes darle las gracias. Las mañanas eran bien aprovechadas en los cortijos donde siempre había cosas que hacer. Aquel era el tiempo de la recogida del trigo. Hacía ya varias horas que los hombres fueron a segarlo bajo un sol abrasador que pronto empezaría a ser más que insoportable. Partieron con carros tirados por vacas que los hacían llegar hasta el secano, donde se extendían las fanegas de cereal. Allí estaba sembrado desde noviembre y ahora, en el verano, era el tiempo de la siega.

Mientras tanto, las mujeres se quedaban en casa y realizaban labores domésticas muy variadas: desde la limpieza a la costura pasando por  la elaboración artesana de productos de la tierra. Aquella mañana estaban preparando mermelada de fresa. Había muchas en el huerto y era necesario conservarlas. Pero pronto deberían dejarlo y ponerse a preparar un gazpacho para cuando llegaran los hombres del campo que junto con tortilla de patatas, ensalada y melón sería la comida del día.

Aunque la vida pasaba tranquila y desconocían el significado de la palabra estrés, nunca había demasiado tiempo para el descanso, salvo en contadas ocasiones. La cita de los martes era una de ellas. Precisamente, era la más esperada y, aquel día, era martes.

Después de un duro día de trabajo, familiares y vecinos de los alrededores fueron llegando  a casa de Ana María. Poco a poco iban tomando asiento donde podían: en los sofás, en las sillas, en el suelo… las ventanas estaban abiertas y se dejaba sentir una suave brisa que traía olores frescos de las matas de dama de noche y de jazmín que había en el rellano. La sonoridad del agua del arroyo aportaba serenidad al ambiente. El sol se había marchado hacía rato pero aún estaba anaranjado el cielo. La noche estaba llegando implacable y todos esperaban justo ese momento. El momento en que la anfitriona les contaría historias que ni imaginaban, los trasladaría a otros escenarios que nunca vivirían o les seduciría con caprichosas historias de amor en la noche estrellada con la única iluminación de unas velas. Ella era la única que podía hacerlos soñar con otros mundos, con otras personas, con otras historias, con otras vidas. Ella era la única persona de la zona que sabía leer y que, cada martes, leía un capítulo de “Las almas enamoradas”.

La historia, que llegaba por entregas, narraba la historia de Martina. Una joven trabajadora de principios del siglo. Sus sueños, sus anhelos, sus deseos, sus amores… eran los protagonistas de la historia que decenas de oídos anhelaban conocer y esperaban el momento del relato como el gran evento que servía de desconexión con el mundo real. Durante meses, se dieron cita en casa de Ana María y esa constituiría la única distracción de aquellas gentes que durante el día se quebraban la espalda de sol a sol trabajando en faenas de labranza o relacionadas con el ganado. Lo que había, porque eran gente de campo. Por eso, anhelaban con ilusión que la voz de Ana María obrara el milagro de la transmisión de una historia escrita a una historia narrada y, una vez en sus memorias, volver a ellas y soñar.

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