Homo Parasitus

ParásitoRespirar podemos hacerlo todos pero, en cuestión de supervivencia, hay que desarrollar una serie de estrategias para triunfar o, al menos, para sobrevivir. Cada uno se busca con el paso de los años su lugar en la sociedad. Hay quienes estudian, quienes trabajan, quienes no hacen nada, quienes despilfarran, quienes ayudan a los demás y, por supuesto, están los que parasitan.
Sabiendo que el parásito es aquel individuo que se adhiere o agarra a otro ser vivo y se nutre de él, en ocasiones, hasta provocarle la muerte, hay personas que han llegado a desarrollar, de manera anómala y patológica, este modo de vida: el de parásito, independientemente de cómo se lo monte a nivel social dígase apariencias.
Es el caso del inquilino moroso. Según la ley que regula los alquileres en España, al inquilino hay que respetarle y parece que tiene más derechos que quien alquila, que tiene que correr con los gastos de la vivienda en el caso de que sea un moroso. La desprotección es mayúscula para el arrendatario/a mientras que el parásito puede nutrirse de su víctima, casi, hasta que quiera.
El sufrimiento que causa en el huésped es brutal. Coincide que el huésped tiene que pagar la hipoteca y mantener al corriente los gastos de mantenimiento como el agua y la luz, además de velar porque el inmueble se quede, como mínimo, en las mismas condiciones en las que estaba cuando se alquiló. Esto no puede llegar a entenderlo el parásito porque no sabe lo que es tener una vivienda, pagar los impuestos debidamente, pagar la hipoteca, responder a las facturas que mensualmente se van acumulando ni tampoco el valor que tiene el inmueble con todas las pertenencias, que bastante trabajo han costado comprar para que las disfrute durante su estancia parásita.
A todo esto hay que añadir la chulería con la que el parásito responde a las llamadas de atención cuando el huésped le reclama que haga algo por su vida y deje de parasitar, pues bastante grande es la carga que llevamos cada uno como para asumir la suya, la del moroso, la del parásito.
Llegados al punto en que se descubre, el parásito intenta disimular, alargar cuanto pueda el tiempo mientras, de manera proporcional, aumenta la deuda, la trampa, vamos.
Y cuando el parásito observa que el huésped se ha dado cuenta de su existencia, comienza su estrategia de resistencia. Sabe que es cuestión de tiempo. De nuevo lo han descubierto y tan sólo piensa en cómo resistir aunque sea unas semanas más, unos meses más a costa del otro. Es una tarea en la que invierte dedicación pues los argumentos que esgrime para dar credibilidad a su patética situación son de lo más variopintos: tengo bastante trabajo pero no me pagan, la gente en vacaciones no tiene costumbre de pagar, en agosto no se cobra, estoy pendiente de cobrar unos pagos, estoy agobiado pero te pago en breve… Argumentos que no sólo no son válidos sino que, a medida que pasa el tiempo, se vuelven en su contra. Ya está descubierto el parásito. Ahora la lucha es del huésped que se centra en quitárselo de encima como sea, antes de que le haga más daño, antes de que acumule más facturas impagadas.
Efectivamente, el parásito se resiste todo cuanto puede. De maneras insospechadas e inverosímiles pero se rebela ante la realidad que nuevamente le azota. ¡Otra vez lo han pillado! Está acostumbrado a ello, no es la primera vez que lo descubren y sabe que, en cuanto se vea de patitas en la calle, tendrá que buscar un nuevo huésped para sobrevivir ya que no es capaz de enfrentar el día a día por sí sólo. Sabe que va a cambiar de vida y que, una vez abandonado el hogar confortable que le ofrecían, tendrá que agudizar sus sentidos para buscar otra víctima. ¡No puede vivir por sí sólo y debe echar mano del engaño! Y para eso ha desarrollado otra estrategia: dar buenas apariencias y tener un trato “educado”, aparentar que trabaja y tener una buena imagen de cara al público que nada tiene que ver con la realidad. ¡Patético!
Al principio es una liberación para el huésped ¡Ya se ha dejado de parasitarme! Es lo primero que se piensa para luego pasar a rumiar una y otra vez cuánto se ha aprovechado, las facturas que ha de pagar del que ha vivido a su costa así como comprobar los desperfectos que ha provocado intencionadamente en la vivienda. La rabia y la indignación se apoderan, por momentos, del recién aliviado huésped. Pero, pasado cierto tiempo, viendo el discurrir del parásito, el sentimiento cambia hacia el extremo opuesto. Es curioso ver cómo se puede llegar a ese cambio aunque, en cierta forma, es normal cuando se lleva una vida normal. Y es que el sentimiento que ahora, una vez se ha pasado por los daños ocasionados, el huésped piensa en la penosa existencia que le ha tocado vivir al parásito. ¿Cómo ha llegado hasta ahí? ¿No ha encontrado una manera mejor de sobrevivir? ¿Cómo afrontar una vida de engaños? ¿Y tener que huir continuamente de un lado para otro sin echar raíces? No tiene casa y, lo peor de todo, no la podrá tener ¿Acaso no es esa suficiente pena? ¿Acaso no es una pena buscar felicidad causando daño en la casa ajena que tanto tiempo te ha mantenido simplemente por hacer daño a tu huésped en un ataque de rabia por haber sido descubierto y ver tu fin tan cerca? Sí, al final, el parásito da pena pues tiene una penosa existencia que a ninguno nos gustaría vivir. Se ha especializado en parasitar y ya no podrá salir de ahí porque se ha acostumbrado a esa “vida”.
Estate alerta, nunca se sabe cuándo te puedes caer en las garras de un “homo parasitus”.

Anuncios

Juan Talega: “El cante bueno, tal como nos ha llegao, no tiene más de dos siglos”.

Ayer saqué de la estantería un libro de segunda mano que compré en Córdoba hace unos años, una edición de “Historia del cante flamenco” de Ángel Álvarez Caballero de 1981. No soy muy dada a la lectura sobre flamenco porque prefiero escucharlo, pero, de vez en cuando, no está mal adentrarse en la etapa más primitiva e íntima, tan desconocida como apasionante, de la mano de antropólogos,musicólogos e historiadores aficionados que también poseen esa cualidad tan especial que es la de la literatura.

Que la toná es el cante más primitivo, dice, no hay duda. Era algo yo que también pensaba pero, como son terrenos tan resbaladizos una nunca sabe cuando puede caer. Y para decir esto comienza a exponer toda la suerte de letras que se sabe que han cantado los primeros cantaores, siendo el jerezano Tío Luís el de la Juliana el primero que se tienen, aunque pocas, noticias de que era cantaor de flamenco.

Desmonta, con argumentos clarificadores, teorías que hasta ayer creía a pies juntillas como la de que el flamenco tuvo una época hermética en la que no salía a la calle por el cuidado acérrimo que de él hacían los gitanos andaluces, concretamente de la Baja Andalucía y que cuando supuestamente salió, ya estaba configurado y estructurado. Y es que nunca había yo pensado que un fenómeno tan interesante podía estar oculto mucho tiempo aunque, claro está, se forjó en el hogar gitano en las fiestas y reuniones privadas que tenían vetado todo aquel que no fuera gitano.

“Porque no debe olvidarse que los gitanos llamaban la atención y, como bien señala Ricardo Molina <su presencia en la península fue tempranamente historiada por escritores del s. XVII y s. XVIII ávidos de rarezas y curiosidades>. Y acaba con una pregunta retórica que me clarificó de un plumazo lo que hasta entonces consideré como una verdad: “¿Cómo admitir que de un pueblo que tuvo sobre sí de esta manera la lupa de la curiosidad ajena se desconociera absolutamente todo respecto a un arte tan extraño y sorprendente como es el cante flamenco?”.

No sólo echa mano de una reflexión tan natural sino que para rematar, dos páginas después, cito textualmente, echa mano de un maestro: “El cante bueno, tal como nos ha llegado, tiene un par de siglos, no más” declaraba Juan Talega en el diario “Sevilla” el 12 de diciembre e 1967, con esa lucidez que tienen algunos seres privilegiados que no han necesitado formación alguna para conocer muchas cosas verdaderas y profundas, cosas que quizás no se encuentran en los libros pero que ellos saben a ciencia cierta. Juan, que había aprendido el cante de su padre y de su abuelo y que había oído hablar del cante de los abuelos de su abuelo, podía casi remontarse con certeza a las raíces, a las primeras fuentes. <Según mi padre- dijo Juan Talega al escritor- el abuelo de mi padre decía que cantaba su madre mejor que su padre, su abuelo mejor que su abuela…>”

 

Esas palabras me asaltan a cada momento y me invitan a viajar por el tiempo, al origen del flamenco, haciendo conjeturas que nunca se aclararán sobre el enigma que le da aún más encanto y duende. Esta noche buscaré otro rato para continuar con la lectura de este maravilloso libro, pero hasta entonces, escucharé el eco misterioso del genio de Dos Hermanas.

Angel_Alvarez-_Caballero

Ángel Álvarez Caballero

 

Vestido de cristianar

Tan sólo en una ocasión vestimos con un traje tan singular como en el bautismo: el vestido de cristianar. Fácilmente puede comprarse en multitud de tiendas bien de centros comerciales, bien de esas pequeñitas que suelen estar escondidas. Nada que ver con un traje hecho a medida, personificado y único, una joya que quedará para la historia familiar.

Tal es el caso de lo que hoy escribo. Resulta que tengo un traje de cuando mi madre se bautizó, hace ya algunas décadas. Con ese se bautizaron mis tíos y después mis hermanos y yo. Estaba ahí guardado hasta que han llegado dos personitas nuevas a la familia y he pensado en él para bautizarlos pero, como sólo hay uno y tengo dos bebés he querido hacer otro idéntico, aunque no es nada fácil dicha labor, pues debe ser una persona primorosa y con conocimiento del arte de la costura quien se embarque en dicha tarea.

Hace años que conozco a Loli Ayala. Es natural de Alcalá del Valle aunque lleva viviendo treinta años en Alhaurín. Aquí han echado raíces sus cuatro hijos, han nacido sus nietos y hace su vida, participando de las costumbres populares. Resulta que en el mes de diciembre hizo un traje para el más pequeño de sus nietos: Daniel, al igual que ha hecho con el resto de sus nietos. Vestidos confeccionados con estilo clásico y hechos con el esmero y amor de una abuela.

Sabiendo de su arte en la costura, la llamé para comentarle mi situación y se ofreció a ayudarme. Fuimos a comprar la tela, organdí suizo, y los encajes de valencié. Y fue en esos primeros días cuando, viendo el traje de mi madre, me comentó que ella había hecho muchos trajes de cristianar:

– El de mis nietos, algunos sobrinos y de mucha gente del pueblo. Ah! Y el del niño de la Virgen de la Candelaria también lo he hecho yo- me dijo Loli.

El hecho me sorprendió y ya me contó una curiosa historia. Resulta que, de los cuatro hijos que tiene, Israel sufría convulsiones en sus primeros años de vida. La tristeza la apenaba y un día, frente a la Virgen de la Candelaria, reparó en lo triste y polvoriento del vestido del niño. Y sin pensarlo le prometió a la virgen que si su hijo dejaba de tener convulsiones le haría un traje al niño de la virgen.

Pasaron los años y, por fortuna, Israel dejó de sufrir esos ataques creciendo con la naturalidad de cualquier niño. Y fue en 2004 cuando hizo realidad su promesa. Así que se fue a Málaga a comprar organdí suizo, un tejido delicado, especial y muy caro, además de los encajes franceses. Se llevó el niño de la virgen hasta su casa, donde lo tuvo varios días para coger las medidas y hacer todo tipo de pruebas del vestido y, después de mucho trabajo, realizó un traje que queda para la historia del pueblo y que cada dos de febrero, con motivo de su onomástica, pasea por las calles del pueblo.

Loli tiene arte y prueba de ello es este traje tan especial.

 

El vestido sobre el que se basaría lo cosió mi tía María Sánchez, QEPD, con motivo del bautizo de mi madre, compró la tela y los encajes igual que ahora hacía yo pero varias décadas antes. Yo no lo sabía pero mi abuela me dio una información interesante: “Mi hermana se basó en un traje que vio en el escaparate de una tienda muy famosa de Málaga que se llamaba La aguja dorada”.

Después de comprar el organdi suizo, la batista para el forro y no sé cuántos metros de encaje de valencie, Loli comenzó a venir a mi casa a diario de forma altruista.A partir de ahí comenzó con las alforzas del vestido, puso entredores, hizo volantes, montó el cuerpo, las mangas con sus encajitos en los puños y cuello del vestido además de hacerle el forro con la batista. Después siguió con la capa y más tarde los puchos, algo que no tenía el vestido original y que son marca de ella, y, por último, realizó los gorritos con encaje.

Entre tanto, mi madre también iba ayudando con lo que podía. Además de ir a buscar encajes y tela que iba haciendo falta. Fue la encargada de limpiar el traje que un día diseñaron y cosieron para ella y que ahora iba a ponerse su nieta, que en honor a ella lleva su nombre. Lavó el traje con blanco nuclear y lo puso al sol, quedando un traje como nuevo. Después compró el almidón, lo preparó, se lo echó al traje y lo dejó secar adquiriendo una textura áspera y dura dando un cuerpo a la tela de por sí vistoso.

 

Los pequeños fueron bautizados con unos trajes de cristianar preciosos que encierran una peculiar historia. Iban lindos y radiantes y bien que se lucieron en la calle, la iglesia y el convite, en el que fueron los protagonistas y estuvieron rodeados de personas que los aman así como de grandes flamencos entre los que quiero destacar la presencia de mi amigo y gran artista Alonso Núñez “Rancapino” y también de Virginia Gámez, Chato Vélez y Miguel Salado. Un bautizo espectacular y único que perdurará en la memoria. Y no es que sea amor de madre, es que es la verdad.

El día de mañana decidirán si quieren o no bautizar a sus hijos y, si lo hacen, podrán disponer de sus trajes de cristianar: uno heredado de su abuela y otro idéntico que les mandó a hacer su mami, así que ¡Gracias mamá por regalarnos el tuyo y gracias Loli por hacer un sueño realidad!