Timba en el bar de José Roca

jugadores3Rufino tenía ganas de hacer dinero rápido. Partía su lomo, como todo el mundo, recogiendo sacos de harina en el molino y acarreando las sacas de trigo de los campesinos hasta la noria para la molienda y luego había que cernirlo. Como todos los jugadores, esperaba un golpe de suerte. Su golpe de suerte.
Estaba convencido de que esa noche iba a ganar un buen pellizco. No tenía nada que perder. El aguardiente se le subió a la cabeza y no paraba de pedir al posadero:

– Otra copa. ¡Otra copa, Sebastián!-gritó la euforia que le provocaban las primeras copas- ¡Que no la vea vacía!

El posadero estaba medianamente acostumbrado a ese tipo de noches en las que el ánimo y la ilusión por hacer dinero fácil podía tornar en cuestión de segundos el juego en tragedia. Llevaba unas semanas que se estaba pensando si seguir prestando su posada como punto de encuentro y celebración de esas jugadas. Al final accedió.

– Sí, Rufino. No te faltará pero me las tienes que pagar- dijo el posadero viendo que el jugador estaba cada vez más envalentonado con el juego y no reparaba en la cantidad de copas que estaba tomando.
– ¿Yo te debo algo?.- dijo valientemente el forastero- Yo nunca te he debido ná, así que lléname a mí y al resto, que los convido yo.
– Tú tienes una cuenta aquí pendiente, amigo. Sería cuestión de saldarla cuanto antes, que yo no doy fiao a naide.- dijo el posadero al ver que había cobrado una buena suma en el juego, momento que brilló como la gran oportunidad.- Ahora que has cobrao estaría bien que me pagaras.
– Toma y cóbrate, hombre -dijo el hombre arrojando un puñado de billetes al suelo.

Con esa actitud la reunión se tornó violenta casi, adquiriendo un rumbo que en nada agradaba a los presentes. Rufino se estaba haciendo con las apuestas de varios hombres que había allí y que se desprendían, sin dudarlo, de pertenencias personales y lujosas joyas.
Rufino, el forastero, decidió resolver la noche poniendo pies en polvorosa y quitarse del medio, aún tambaleándose anunció su retirada. Lo que no pensaba, el inocente, es que nunca dejarían escapar a un borracho con dinero. Ahora que había ganado tanto no lo iban a dejar escapar así como así. Tendría que jugar hasta perder.
El forastero estaba ya satisfecho y comenzó a llenarse los bolsillos con billetes arrugados que, a puñados, guardaba con toda la avidez que le dejaba el alcohol que corría por sus venas. Se puso en el dedo el sello de oro e iba a coger su sombrero para irse.
Los demás estaban bien pendientes de lo que pasaba cuando, de la esquina de la barra apareció un hombre de unos cincuenta años de pelo cano y ojos azules como el mar, cejas pobladas, barba cana a medio rasurar y mirada penetrante. Era un hombre de Torremolinos que venía al pueblo cuando se enteraba que se jugaba alguna partida. Había estado observando los movimientos del forastero durante toda la noche y ahora se acercó al grupo. Era un lobo de mar, un zorro viejo.

– Ahora vamos a jugar tú y yo.- dijo Aurelio, que así se llamaba, al forastero- Venga, siéntate ahí.- Su gesto imponía al igual que su voz rota y ronca.
– Yo ya no voy a jugar más. La partida ya ha terminado- dijo el flamante ganador que para entonces se había metido en los bolsillos varios anillos de oro, un reloj de oro y puñados de billetes.
– Tú todavía no has empezao, amigo.- dijo el hombre acomodándose tranquilamente en una silla de anea que colocó al contrario, poniendo sus piernas a horcajadas. Empezó a barajar las cartas.

El forastero que tan valiente se había mostrado, estaba dispuesto a irse. Ya se había colocado su sombrero y se había puesto el abrigo mientras los demás miraban atónitos la escena. Nadie se atrevía a desafiar a Aurelio el de Torremolinos. Lo intentaron persuadir, pero el hombre no se dejaba. Ya había pagado las copas y echó paso al frente para salir de la posada. Estaba bien entrada la madrugada y no se escuchaba ni un alma en la noche cerrada.

– Te he dicho que te sientes ¿O es que no me has escuchado?- gritó el marinero de Torremolinos sin levantar la mirada de la mesa en la que iba a jugar su partida. Ya había parado de barajar las cartas en las que aparecía el nombre de Heraclito Fournier por el reverso.- Corta por la mitad- le dijo a su contrincante que había adquirido un semblante más que serio, temeroso.

El forastero percibió claramente el reto en el que ya estaba metido. Se acercó a la mesa y cortó la baraja por la parte que le pareció. Había entendido el mensaje que el resto de curiosos le habían transmitido: había que respetar al viejo lobo de mar, pero por otra parte pensó que aquella noche le había sonreido la suerte ¿por qué no iba a seguir haciéndolo?
Se enfrascaron en una ardua jugada en la que no se dijeron apenas palabras. El posadero siguió llenando la copa del forastero, al que los nervios comenzaron pronto a traiciona sin parar de empinar la copa de vino moscatel. El lobo de mar, por el contrario, no tomó ni una gota de alcohol.
Ya bien entrada la madrugada, el forastero había perdido cuanto tenía. Iba a salir del local con menos dinero del que tenía cuando puso un pie allí. Estaba totalmente borracho y la rabia de haberlo tenido todo y de haberlo perdido todo lo enervaron de manera que decidió apostar lo que no era suyo.

– Me juego mi casa.- dijo en un arrebato para continuar el juego.
– ¡Hecho!- exclamó Aurelio el de Torremolinos con un apretón de manos al borrachín.
– Y… y ahora me voy a jugar a mi mujer.- concluyó en una pérdida de vergüenza y lucidez que asombró a todos y que provocó un murmullo general ¿cómo podía ser tan indigno y asqueroso?
– ¿Tú eres capaz de jugarte a tu mujer? ¿No te importa pensar que otro tío se la folla?- le preguntó el viejo de los ojos azules con mirada repugnante y de un azul intenso.
– Tú te la follas, ¡Pero esta partida la gano yo!- dijo tambaleante el forastero al que ya habían dejado de arrimar copas y miraban con desprecio. Una cosa era un juego y otra lo que estaba haciendo aquel hombre.
– Te voy a decir una cosa: tú no eres capaz ni de ganar la partida ni de follarte a tu mujer- dijo el lobo de mar al insulso y cretino jugador Rufino.- Tú eres un mierda que no tienes vergüenza. ¿A tu mujer te vas a jugar? ¿A la madre de tus hijos?- dijo acabando la frase cuando ya se había levantado y lo estaba cogiendo del cuello.

Anuncios

Homo Parasitus

ParásitoRespirar podemos hacerlo todos pero, en cuestión de supervivencia, hay que desarrollar una serie de estrategias para triunfar o, al menos, para sobrevivir. Cada uno se busca con el paso de los años su lugar en la sociedad. Hay quienes estudian, quienes trabajan, quienes no hacen nada, quienes despilfarran, quienes ayudan a los demás y, por supuesto, están los que parasitan.
Sabiendo que el parásito es aquel individuo que se adhiere o agarra a otro ser vivo y se nutre de él, en ocasiones, hasta provocarle la muerte, hay personas que han llegado a desarrollar, de manera anómala y patológica, este modo de vida: el de parásito, independientemente de cómo se lo monte a nivel social dígase apariencias.
Es el caso del inquilino moroso. Según la ley que regula los alquileres en España, al inquilino hay que respetarle y parece que tiene más derechos que quien alquila, que tiene que correr con los gastos de la vivienda en el caso de que sea un moroso. La desprotección es mayúscula para el arrendatario/a mientras que el parásito puede nutrirse de su víctima, casi, hasta que quiera.
El sufrimiento que causa en el huésped es brutal. Coincide que el huésped tiene que pagar la hipoteca y mantener al corriente los gastos de mantenimiento como el agua y la luz, además de velar porque el inmueble se quede, como mínimo, en las mismas condiciones en las que estaba cuando se alquiló. Esto no puede llegar a entenderlo el parásito porque no sabe lo que es tener una vivienda, pagar los impuestos debidamente, pagar la hipoteca, responder a las facturas que mensualmente se van acumulando ni tampoco el valor que tiene el inmueble con todas las pertenencias, que bastante trabajo han costado comprar para que las disfrute durante su estancia parásita.
A todo esto hay que añadir la chulería con la que el parásito responde a las llamadas de atención cuando el huésped le reclama que haga algo por su vida y deje de parasitar, pues bastante grande es la carga que llevamos cada uno como para asumir la suya, la del moroso, la del parásito.
Llegados al punto en que se descubre, el parásito intenta disimular, alargar cuanto pueda el tiempo mientras, de manera proporcional, aumenta la deuda, la trampa, vamos.
Y cuando el parásito observa que el huésped se ha dado cuenta de su existencia, comienza su estrategia de resistencia. Sabe que es cuestión de tiempo. De nuevo lo han descubierto y tan sólo piensa en cómo resistir aunque sea unas semanas más, unos meses más a costa del otro. Es una tarea en la que invierte dedicación pues los argumentos que esgrime para dar credibilidad a su patética situación son de lo más variopintos: tengo bastante trabajo pero no me pagan, la gente en vacaciones no tiene costumbre de pagar, en agosto no se cobra, estoy pendiente de cobrar unos pagos, estoy agobiado pero te pago en breve… Argumentos que no sólo no son válidos sino que, a medida que pasa el tiempo, se vuelven en su contra. Ya está descubierto el parásito. Ahora la lucha es del huésped que se centra en quitárselo de encima como sea, antes de que le haga más daño, antes de que acumule más facturas impagadas.
Efectivamente, el parásito se resiste todo cuanto puede. De maneras insospechadas e inverosímiles pero se rebela ante la realidad que nuevamente le azota. ¡Otra vez lo han pillado! Está acostumbrado a ello, no es la primera vez que lo descubren y sabe que, en cuanto se vea de patitas en la calle, tendrá que buscar un nuevo huésped para sobrevivir ya que no es capaz de enfrentar el día a día por sí sólo. Sabe que va a cambiar de vida y que, una vez abandonado el hogar confortable que le ofrecían, tendrá que agudizar sus sentidos para buscar otra víctima. ¡No puede vivir por sí sólo y debe echar mano del engaño! Y para eso ha desarrollado otra estrategia: dar buenas apariencias y tener un trato “educado”, aparentar que trabaja y tener una buena imagen de cara al público que nada tiene que ver con la realidad. ¡Patético!
Al principio es una liberación para el huésped ¡Ya se ha dejado de parasitarme! Es lo primero que se piensa para luego pasar a rumiar una y otra vez cuánto se ha aprovechado, las facturas que ha de pagar del que ha vivido a su costa así como comprobar los desperfectos que ha provocado intencionadamente en la vivienda. La rabia y la indignación se apoderan, por momentos, del recién aliviado huésped. Pero, pasado cierto tiempo, viendo el discurrir del parásito, el sentimiento cambia hacia el extremo opuesto. Es curioso ver cómo se puede llegar a ese cambio aunque, en cierta forma, es normal cuando se lleva una vida normal. Y es que el sentimiento que ahora, una vez se ha pasado por los daños ocasionados, el huésped piensa en la penosa existencia que le ha tocado vivir al parásito. ¿Cómo ha llegado hasta ahí? ¿No ha encontrado una manera mejor de sobrevivir? ¿Cómo afrontar una vida de engaños? ¿Y tener que huir continuamente de un lado para otro sin echar raíces? No tiene casa y, lo peor de todo, no la podrá tener ¿Acaso no es esa suficiente pena? ¿Acaso no es una pena buscar felicidad causando daño en la casa ajena que tanto tiempo te ha mantenido simplemente por hacer daño a tu huésped en un ataque de rabia por haber sido descubierto y ver tu fin tan cerca? Sí, al final, el parásito da pena pues tiene una penosa existencia que a ninguno nos gustaría vivir. Se ha especializado en parasitar y ya no podrá salir de ahí porque se ha acostumbrado a esa “vida”.
Estate alerta, nunca se sabe cuándo te puedes caer en las garras de un “homo parasitus”.

Juan Talega: “El cante bueno, tal como nos ha llegao, no tiene más de dos siglos”.

Ayer saqué de la estantería un libro de segunda mano que compré en Córdoba hace unos años, una edición de “Historia del cante flamenco” de Ángel Álvarez Caballero de 1981. No soy muy dada a la lectura sobre flamenco porque prefiero escucharlo, pero, de vez en cuando, no está mal adentrarse en la etapa más primitiva e íntima, tan desconocida como apasionante, de la mano de antropólogos,musicólogos e historiadores aficionados que también poseen esa cualidad tan especial que es la de la literatura.

Que la toná es el cante más primitivo, dice, no hay duda. Era algo yo que también pensaba pero, como son terrenos tan resbaladizos una nunca sabe cuando puede caer. Y para decir esto comienza a exponer toda la suerte de letras que se sabe que han cantado los primeros cantaores, siendo el jerezano Tío Luís el de la Juliana el primero que se tienen, aunque pocas, noticias de que era cantaor de flamenco.

Desmonta, con argumentos clarificadores, teorías que hasta ayer creía a pies juntillas como la de que el flamenco tuvo una época hermética en la que no salía a la calle por el cuidado acérrimo que de él hacían los gitanos andaluces, concretamente de la Baja Andalucía y que cuando supuestamente salió, ya estaba configurado y estructurado. Y es que nunca había yo pensado que un fenómeno tan interesante podía estar oculto mucho tiempo aunque, claro está, se forjó en el hogar gitano en las fiestas y reuniones privadas que tenían vetado todo aquel que no fuera gitano.

“Porque no debe olvidarse que los gitanos llamaban la atención y, como bien señala Ricardo Molina <su presencia en la península fue tempranamente historiada por escritores del s. XVII y s. XVIII ávidos de rarezas y curiosidades>. Y acaba con una pregunta retórica que me clarificó de un plumazo lo que hasta entonces consideré como una verdad: “¿Cómo admitir que de un pueblo que tuvo sobre sí de esta manera la lupa de la curiosidad ajena se desconociera absolutamente todo respecto a un arte tan extraño y sorprendente como es el cante flamenco?”.

No sólo echa mano de una reflexión tan natural sino que para rematar, dos páginas después, cito textualmente, echa mano de un maestro: “El cante bueno, tal como nos ha llegado, tiene un par de siglos, no más” declaraba Juan Talega en el diario “Sevilla” el 12 de diciembre e 1967, con esa lucidez que tienen algunos seres privilegiados que no han necesitado formación alguna para conocer muchas cosas verdaderas y profundas, cosas que quizás no se encuentran en los libros pero que ellos saben a ciencia cierta. Juan, que había aprendido el cante de su padre y de su abuelo y que había oído hablar del cante de los abuelos de su abuelo, podía casi remontarse con certeza a las raíces, a las primeras fuentes. <Según mi padre- dijo Juan Talega al escritor- el abuelo de mi padre decía que cantaba su madre mejor que su padre, su abuelo mejor que su abuela…>”

 

Esas palabras me asaltan a cada momento y me invitan a viajar por el tiempo, al origen del flamenco, haciendo conjeturas que nunca se aclararán sobre el enigma que le da aún más encanto y duende. Esta noche buscaré otro rato para continuar con la lectura de este maravilloso libro, pero hasta entonces, escucharé el eco misterioso del genio de Dos Hermanas.

Angel_Alvarez-_Caballero

Ángel Álvarez Caballero

 

Vestido de cristianar

Tan sólo en una ocasión vestimos con un traje tan singular como en el bautismo: el vestido de cristianar. Fácilmente puede comprarse en multitud de tiendas bien de centros comerciales, bien de esas pequeñitas que suelen estar escondidas. Nada que ver con un traje hecho a medida, personificado y único, una joya que quedará para la historia familiar.

Tal es el caso de lo que hoy escribo. Resulta que tengo un traje de cuando mi madre se bautizó, hace ya algunas décadas. Con ese se bautizaron mis tíos y después mis hermanos y yo. Estaba ahí guardado hasta que han llegado dos personitas nuevas a la familia y he pensado en él para bautizarlos pero, como sólo hay uno y tengo dos bebés he querido hacer otro idéntico, aunque no es nada fácil dicha labor, pues debe ser una persona primorosa y con conocimiento del arte de la costura quien se embarque en dicha tarea.

Hace años que conozco a Loli Ayala. Es natural de Alcalá del Valle aunque lleva viviendo treinta años en Alhaurín. Aquí han echado raíces sus cuatro hijos, han nacido sus nietos y hace su vida, participando de las costumbres populares. Resulta que en el mes de diciembre hizo un traje para el más pequeño de sus nietos: Daniel, al igual que ha hecho con el resto de sus nietos. Vestidos confeccionados con estilo clásico y hechos con el esmero y amor de una abuela.

Sabiendo de su arte en la costura, la llamé para comentarle mi situación y se ofreció a ayudarme. Fuimos a comprar la tela, organdí suizo, y los encajes de valencié. Y fue en esos primeros días cuando, viendo el traje de mi madre, me comentó que ella había hecho muchos trajes de cristianar:

– El de mis nietos, algunos sobrinos y de mucha gente del pueblo. Ah! Y el del niño de la Virgen de la Candelaria también lo he hecho yo- me dijo Loli.

El hecho me sorprendió y ya me contó una curiosa historia. Resulta que, de los cuatro hijos que tiene, Israel sufría convulsiones en sus primeros años de vida. La tristeza la apenaba y un día, frente a la Virgen de la Candelaria, reparó en lo triste y polvoriento del vestido del niño. Y sin pensarlo le prometió a la virgen que si su hijo dejaba de tener convulsiones le haría un traje al niño de la virgen.

Pasaron los años y, por fortuna, Israel dejó de sufrir esos ataques creciendo con la naturalidad de cualquier niño. Y fue en 2004 cuando hizo realidad su promesa. Así que se fue a Málaga a comprar organdí suizo, un tejido delicado, especial y muy caro, además de los encajes franceses. Se llevó el niño de la virgen hasta su casa, donde lo tuvo varios días para coger las medidas y hacer todo tipo de pruebas del vestido y, después de mucho trabajo, realizó un traje que queda para la historia del pueblo y que cada dos de febrero, con motivo de su onomástica, pasea por las calles del pueblo.

Loli tiene arte y prueba de ello es este traje tan especial.

 

El vestido sobre el que se basaría lo cosió mi tía María Sánchez, QEPD, con motivo del bautizo de mi madre, compró la tela y los encajes igual que ahora hacía yo pero varias décadas antes. Yo no lo sabía pero mi abuela me dio una información interesante: “Mi hermana se basó en un traje que vio en el escaparate de una tienda muy famosa de Málaga que se llamaba La aguja dorada”.

Después de comprar el organdi suizo, la batista para el forro y no sé cuántos metros de encaje de valencie, Loli comenzó a venir a mi casa a diario de forma altruista.A partir de ahí comenzó con las alforzas del vestido, puso entredores, hizo volantes, montó el cuerpo, las mangas con sus encajitos en los puños y cuello del vestido además de hacerle el forro con la batista. Después siguió con la capa y más tarde los puchos, algo que no tenía el vestido original y que son marca de ella, y, por último, realizó los gorritos con encaje.

Entre tanto, mi madre también iba ayudando con lo que podía. Además de ir a buscar encajes y tela que iba haciendo falta. Fue la encargada de limpiar el traje que un día diseñaron y cosieron para ella y que ahora iba a ponerse su nieta, que en honor a ella lleva su nombre. Lavó el traje con blanco nuclear y lo puso al sol, quedando un traje como nuevo. Después compró el almidón, lo preparó, se lo echó al traje y lo dejó secar adquiriendo una textura áspera y dura dando un cuerpo a la tela de por sí vistoso.

 

Los pequeños fueron bautizados con unos trajes de cristianar preciosos que encierran una peculiar historia. Iban lindos y radiantes y bien que se lucieron en la calle, la iglesia y el convite, en el que fueron los protagonistas y estuvieron rodeados de personas que los aman así como de grandes flamencos entre los que quiero destacar la presencia de mi amigo y gran artista Alonso Núñez “Rancapino” y también de Virginia Gámez, Chato Vélez y Miguel Salado. Un bautizo espectacular y único que perdurará en la memoria. Y no es que sea amor de madre, es que es la verdad.

El día de mañana decidirán si quieren o no bautizar a sus hijos y, si lo hacen, podrán disponer de sus trajes de cristianar: uno heredado de su abuela y otro idéntico que les mandó a hacer su mami, así que ¡Gracias mamá por regalarnos el tuyo y gracias Loli por hacer un sueño realidad!

¡Piensa en ti!

A mí me da vergüenza que día tras día salgan en las noticias la misma noticia: los crímenes machistas. No por ser repetidas dejan de dar escalofríos todas y cada una de las muertes de mujeres a manos de sus parejas o exparejas.

He escrito y pensado mucho acerca de ese tema, he leído bastante y me he documentado sobre este tipo hecho a lo largo de la historia así como en las diferentes sociedades. Y es tremendo.

Ya se sabe que esos crímenes se basan en la fórmula ancestral y desfasada como es el patriarcado que otorga al hombre y a la mujer diferentes roles por el simple hecho de ser varón o hembra, que ya es decir. A sabiendas de eso, aún así, el patriarcado lo impregna todo. TODO.

Los libros de texto, televisión y demás medios, política, comercio, películas, trabajos, organizaciones, sueldos… No hay nada que escape al patriarcado y ahí es donde hay que intervenir, desde mi punto de vista. Educar en igualdad real crearía actitudes de igualdad, interiorizándolas y formando una realidad cognitiva en los individuos que cambiaría mucho esta sociedad con sus comportamientos.

Pero no se hace. A pesar de las medidas bien diseñadas en miles de libros editados a todo color que se apilan en las estanterías de organismos oficiales y otras muchas que se regalan en centros de la mujer, ayuntamientos y demás entidades, todos sabemos el impacto que tienen  a juzgar por las estadísticas además de predicar en un entorno muy reducido y hasta dirigido a mujeres. Eso no sale en la tele, ni se estudia en los colegios, ni  de ello se hacen películas.

Mi deseo es no escribir ni una palabra más de este tema, pero me siento pesimista. Creo que hay intereses en continuar con este sistema patriarcal. Para muchos será lo más cómodo, aunque, a veces, haya que llorar alguna muerte como un sacrifio.

Por otra parte, desde aquí, le quiero decir a las mujeres algo: en cuanto veas que tu pareja te deja plantada sin darte explicaciones y luego vuelve haciéndote creer que eres tú la culpable porque no entendiste bien el mensaje, te miente, te oculta información, te dice medias verdades, discute con una intensidad brutal y luego te arropa para decirte que te quiere, utiliza la violencia física, te chantajea psicológicamente, te pide dinero, te vigila los gastos, te hace sentir mal, te aparta de tu familia y amistades, te crea inseguridad, te obliga a hacer cosas que no deseas, crees que no le mereces porque vales poco hasta el punto de pensar que eres afortunada porque te quiere. ¿Realmente mereces una persona así? ¡Aléjate! ¡Piensa en ti!

Balbuceo

Acabo de tener una conversación con un personaje que me ha dejado profundamente impactada… y muy emocionada. Sin palabras me ha dicho más que cualquier otra persona. Entiendan ustedes:

– Gooo
– Gooo
– Aigoo uuu (Ayyyy que te como, pienso mientras sonrío)
– Aigoo uuu (entre risas y babas)
– Ma… ma… Mi-ma-má-me-mi-ma (con baba materna incluida)
– Aiuuuu (cabeceo y más risas)
– Aiuuuu (besos y abrazo)-¿Cómo se puede querer tanto a una personita?, me pregunto mientras me derrite con su sonrisa.
– Aiii… guuu uu guiiii (cabeceo, risas y babeo)
– ¡¡Ayyyyy que te comoooo!! -abrazo y besos incluidos.

Y mientras se desarrollaba esta charla, respetando tiempos y con una entonación perfecta, me preguntaba de qué manera será el engranaje cerebral de un bebé cuando utiliza el lenguaje en sus primeros momentos, lo que se conoce como el balbuceo. Me he acordado de Chomsky y de la teoría del lenguaje. Mi chiquitín está ahora en sus inicios. Es otro milagro más que veo en los últimos meses.

 

Balbuceo

Camino a Los Tomillares

Padre e hijo habían subido, junto a una piara de unas cien cabras malagueñas, por el Arroyo del Gato y estaban ahora más arriba de Los Tomillares cuando empezaron a caer unas finas gotas de agua. El cielo se nubló a pesar de ser primavera, que era el momento de tormentas. La lluvia empezó a caer más recia y pronto empezó a llover con mediana intensidad. Juan dio un silvido al que respondieron todas las cabras que lo siguieron raudas saltando por entre las piedras y el cauce seco del arroyo, causando una melodía de mil cencerros. Iban en dirección contraria al pueblo, metiéndose en la sierra y la lluvia se convirtió en tormenta. Tenía que resguardar al rebaño y a su hijo.

 ¿A dónde vamos, padre?- preguntó Rafael viendo el acelero de Juan.
 Viendo cómo se ha puesto el tiempo nos vamos a una cueva que ahí allí arribilla aunque tenemos que andar un trecho. Cuando llueve se vuelve muy peligroso. Un hombre en el campo, una cabra, un árbol… si hay tormenta puede caerle un rayo. Hay que guarecerse y las cuevas son un buen lugar para ello.- dijo Juan acelerando el paso.
 ¿Una cueva? ¿Dónde? Nunca he estado en ninguna.- dijo Rafael con ilusión.
– Venga, vamos.- dijo mientras metía otro silbido a las cabras y lo acompañaba con un sonido extraño- Aaaaarrrrrreeee pee peee.
Las cabritas se aceleraron conforme empezaba a llover con más fuerza parecían que sabían lo que les estaba diciendo Juan.
El camino de Los Tomillares olía a tomillo, como decía su nombre, y a romero y más hierbas olorosas que cuando mecía el viento llenaban el pueblo de un olor fresco y verde. El tintineo de los cencerros de las cabras no paraba de sonar. En ese momento, Rafael alzó la vista, el cielo estaba entre gris y azulado dando al verde de la sierra un color más intenso. El olor a tierra mojada, la compañía de su padre y la intriga que le suponía meterse en una cueva se le antojó una aventura única que lo impulsó a correr más arriba.
Llegaron a una grieta no muy ancha en lo alto de una cañada. Juan empezó de nuevo a llamar a las cabras. Las tenía bien dominadas y les hacían caso. Se apeó en la puerta y empezó a meterlas en la grieta llamándolas por su nombre conforme hacía un recuento mental. Mientras, Rafael observaba atento y cuando hubo entrado todo el rebaño se metieron ellos dos.
La cueva estaba oscura y olía a humedad. Era estrecha pero tenía fondo suficiente como para albergar a todo el rebaño. Aprovechando la tormenta, Juan empezó a contarle a su hijo que había que buscar refugios naturales cuando se pusiera el cielo negro o cuando la lluvia era intensa. Le advirtió de la peligrosidad de exponerse en el campo abierto y de los efectos mortales de los rayos. También le contó, ante las preguntas de Rafael, desde cuándo conocía aquella cueva en la que ahora estaban sentados.

 Conozco esta cueva desde que un día, mientras acompañaba a mi padre y a sus cabritas, una tormenta se levantó- dijo Juan sonriendo a su chavea.
 ¿Sí? ¿Igual que ahora me pasa a mí?- dijo Rafael.
 Sí, era un día como el de hoy y desde entonces no se me ha olvidado- dijo Juan.- He venido muchas veces y la cueva me conoce a mí también. Mira, ahí hay un escalón excavado para sentarse una persona mientras pasa la tormenta- dijo Juan- porque las tormentas meten en agua en el cuerpo.
 ¿Por qué?- preguntó intrigado Rafael.
 Porque cuando llueve se moja la ropa y cuando se van las nubes dejan la ropa mojada y el cabrero sigue pastando hasta que se seca en su cuerpo. Por eso debes tener cuidado y guarecerte pronto. El agua en el cuerpo hace que cojamos una pulmonía. Ya lo sabes.

Juan trataba a su hijo como si fuera un hombre. Estuvieron un rato allí hasta que salió el sol y dejó de llover. Comenzaron a salir las cabras a la sierra. Fue entonces cuando Rafael reparó en algo que la falta de luz había dejado invisible pero que ahora podía ver claramente.

 Padre, ¿eso qué es?- dijo Rafael con curiosidad señalando con el mentón al abrigo de la caverna- Esos dibujos de ahí.
 ¡Ah sí!. No te lo he dicho pero hay muchos en las paredes de esta cueva, por eso le dicen la cueva de Los Muñecos.- dijo Juan.
 ¡La cueva de Los Muñecos! Pero, ¿quién los habrá pintado? Eso no son cabras, ni vacas. Son otros animales. ¿Qué animales?- preguntó con interés el jovenzuelo.
 Pues yo no lo sé, será que hace muchos años había esos animales aquí. No sé quién los habrá pintao. Cuando mi padre me traía ya estaban ahí- dijo Juan terminando de sacar a las cabras.
 Padre, yo quiero venir otro día y ver esos dibujos- dijo el joven con insistencia.
 Tranquilo, Rafael, tendrás tiempo de verlos muchas veces- y rió conforme terminaba la frase.