Timba en el bar de José Roca

jugadores3Rufino tenía ganas de hacer dinero rápido. Partía su lomo, como todo el mundo, recogiendo sacos de harina en el molino y acarreando las sacas de trigo de los campesinos hasta la noria para la molienda y luego había que cernirlo. Como todos los jugadores, esperaba un golpe de suerte. Su golpe de suerte.
Estaba convencido de que esa noche iba a ganar un buen pellizco. No tenía nada que perder. El aguardiente se le subió a la cabeza y no paraba de pedir al posadero:

– Otra copa. ¡Otra copa, Sebastián!-gritó la euforia que le provocaban las primeras copas- ¡Que no la vea vacía!

El posadero estaba medianamente acostumbrado a ese tipo de noches en las que el ánimo y la ilusión por hacer dinero fácil podía tornar en cuestión de segundos el juego en tragedia. Llevaba unas semanas que se estaba pensando si seguir prestando su posada como punto de encuentro y celebración de esas jugadas. Al final accedió.

– Sí, Rufino. No te faltará pero me las tienes que pagar- dijo el posadero viendo que el jugador estaba cada vez más envalentonado con el juego y no reparaba en la cantidad de copas que estaba tomando.
– ¿Yo te debo algo?.- dijo valientemente el forastero- Yo nunca te he debido ná, así que lléname a mí y al resto, que los convido yo.
– Tú tienes una cuenta aquí pendiente, amigo. Sería cuestión de saldarla cuanto antes, que yo no doy fiao a naide.- dijo el posadero al ver que había cobrado una buena suma en el juego, momento que brilló como la gran oportunidad.- Ahora que has cobrao estaría bien que me pagaras.
– Toma y cóbrate, hombre -dijo el hombre arrojando un puñado de billetes al suelo.

Con esa actitud la reunión se tornó violenta casi, adquiriendo un rumbo que en nada agradaba a los presentes. Rufino se estaba haciendo con las apuestas de varios hombres que había allí y que se desprendían, sin dudarlo, de pertenencias personales y lujosas joyas.
Rufino, el forastero, decidió resolver la noche poniendo pies en polvorosa y quitarse del medio, aún tambaleándose anunció su retirada. Lo que no pensaba, el inocente, es que nunca dejarían escapar a un borracho con dinero. Ahora que había ganado tanto no lo iban a dejar escapar así como así. Tendría que jugar hasta perder.
El forastero estaba ya satisfecho y comenzó a llenarse los bolsillos con billetes arrugados que, a puñados, guardaba con toda la avidez que le dejaba el alcohol que corría por sus venas. Se puso en el dedo el sello de oro e iba a coger su sombrero para irse.
Los demás estaban bien pendientes de lo que pasaba cuando, de la esquina de la barra apareció un hombre de unos cincuenta años de pelo cano y ojos azules como el mar, cejas pobladas, barba cana a medio rasurar y mirada penetrante. Era un hombre de Torremolinos que venía al pueblo cuando se enteraba que se jugaba alguna partida. Había estado observando los movimientos del forastero durante toda la noche y ahora se acercó al grupo. Era un lobo de mar, un zorro viejo.

– Ahora vamos a jugar tú y yo.- dijo Aurelio, que así se llamaba, al forastero- Venga, siéntate ahí.- Su gesto imponía al igual que su voz rota y ronca.
– Yo ya no voy a jugar más. La partida ya ha terminado- dijo el flamante ganador que para entonces se había metido en los bolsillos varios anillos de oro, un reloj de oro y puñados de billetes.
– Tú todavía no has empezao, amigo.- dijo el hombre acomodándose tranquilamente en una silla de anea que colocó al contrario, poniendo sus piernas a horcajadas. Empezó a barajar las cartas.

El forastero que tan valiente se había mostrado, estaba dispuesto a irse. Ya se había colocado su sombrero y se había puesto el abrigo mientras los demás miraban atónitos la escena. Nadie se atrevía a desafiar a Aurelio el de Torremolinos. Lo intentaron persuadir, pero el hombre no se dejaba. Ya había pagado las copas y echó paso al frente para salir de la posada. Estaba bien entrada la madrugada y no se escuchaba ni un alma en la noche cerrada.

– Te he dicho que te sientes ¿O es que no me has escuchado?- gritó el marinero de Torremolinos sin levantar la mirada de la mesa en la que iba a jugar su partida. Ya había parado de barajar las cartas en las que aparecía el nombre de Heraclito Fournier por el reverso.- Corta por la mitad- le dijo a su contrincante que había adquirido un semblante más que serio, temeroso.

El forastero percibió claramente el reto en el que ya estaba metido. Se acercó a la mesa y cortó la baraja por la parte que le pareció. Había entendido el mensaje que el resto de curiosos le habían transmitido: había que respetar al viejo lobo de mar, pero por otra parte pensó que aquella noche le había sonreido la suerte ¿por qué no iba a seguir haciéndolo?
Se enfrascaron en una ardua jugada en la que no se dijeron apenas palabras. El posadero siguió llenando la copa del forastero, al que los nervios comenzaron pronto a traiciona sin parar de empinar la copa de vino moscatel. El lobo de mar, por el contrario, no tomó ni una gota de alcohol.
Ya bien entrada la madrugada, el forastero había perdido cuanto tenía. Iba a salir del local con menos dinero del que tenía cuando puso un pie allí. Estaba totalmente borracho y la rabia de haberlo tenido todo y de haberlo perdido todo lo enervaron de manera que decidió apostar lo que no era suyo.

– Me juego mi casa.- dijo en un arrebato para continuar el juego.
– ¡Hecho!- exclamó Aurelio el de Torremolinos con un apretón de manos al borrachín.
– Y… y ahora me voy a jugar a mi mujer.- concluyó en una pérdida de vergüenza y lucidez que asombró a todos y que provocó un murmullo general ¿cómo podía ser tan indigno y asqueroso?
– ¿Tú eres capaz de jugarte a tu mujer? ¿No te importa pensar que otro tío se la folla?- le preguntó el viejo de los ojos azules con mirada repugnante y de un azul intenso.
– Tú te la follas, ¡Pero esta partida la gano yo!- dijo tambaleante el forastero al que ya habían dejado de arrimar copas y miraban con desprecio. Una cosa era un juego y otra lo que estaba haciendo aquel hombre.
– Te voy a decir una cosa: tú no eres capaz ni de ganar la partida ni de follarte a tu mujer- dijo el lobo de mar al insulso y cretino jugador Rufino.- Tú eres un mierda que no tienes vergüenza. ¿A tu mujer te vas a jugar? ¿A la madre de tus hijos?- dijo acabando la frase cuando ya se había levantado y lo estaba cogiendo del cuello.

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